Spoilers Viernes, 31 julio 2015

Mis tres episodios favoritos de El narrador de cuentos

Regina Limo

Nerd feminista y lesbiana. Escribo cuentos y teatro. Leo como descosida y colecciono juguetes. También puedes leerme aquí http://www.nexosrevista.com/search/label/Reina%20Decapitada Hueveo en Twitter como @reinadecapitada

CuentaCuentos

“Cuando la gente relataba su pasado con cuentos, explicaba su presente con cuentos, predecía su futuro con cuentos, el mejor lugar junto al fuego le correspondía al Narrador de cuentos.”

Tenía seguramente ocho años cuando daban El narrador de cuentos en Canal 2 (ahora Latina). Creo que es una de las series hito en la generación que creció en los ochentas y noventas. Cuando era niña también pensaba que todo lo que sonara a anglosajón tenía que venir necesariamente de USA, pero resulta que El narrador de cuentos, o The Storyteller, es de factura británica y estadounidense a la vez. Su creador, Jim Henson, fue el mismo genio padre de los Muppets, experto, claro está, en las marionetas y monstruos que daban vida a las criaturas maravillosas de los cuentos: el grifo, el gigante, el erizo.

Lo que tiene de británica la serie es su brevedad. A diferencia de las estadounidenses que suelen  transmitir temporadas de doce o veinticuatro episodios, El narrador de cuentos tuvo solo nueve capítulos en su primera temporada, y apenas cuatro en la segunda. De niña hubiera jurado que tenían cuchumil, pero supongo que la unidad de medida en la infancia es el goce, y por eso lo que gozamos más nos parece inconmesurable, enorme, infinito.

Storyteller

La serie no era especialmente original, pues recreaba antiguos cuentos de las tradiciones germanas, celtas, rusas y demás. Me refiero, claro, a la primera temporada, que creo es la más recordada. Cuentos que podíamos reconocer porque los habíamos escuchado antes, como “La harapienta”, una de las tantas versiones de la archifamosa Cenicienta. Pero su gracia residía en el tratamiento de estas historias. John Hurt, con una nariz postiza y vestido de harapos viejos, narraba los cuentos intercalando el lenguaje literario con la descripción de personajes y acciones, y agregaba una finísima ironía y giros poéticos a sus narraciones. Lo acompañaba un perro que representaba al público oyente en tanto se indignaba o intrigaba con las peripecias que el Narrador contaba.

El real encanto de la serie era rescatar el viejo arte de contar historias que creaba complicidad con el espectador/oyente. Podíamos haber escuchado la historia antes, pero nos seducía la forma en que estaba contada, actuada y representada. Hay que destacar el cuidado en la fotografía y el tratamiento de los colores. Había momentos en que las escenas parecían estar iluminadas a la manera de Rembrandt o los pintores renacentistas. El tratamiento de cada historia incluía además elementos como personajes fantásticos, animales hablantes y leyendas que todo cuento clásico requiere. Incluso la música tenía ese aire legendario que nos hacía sentir en una atmósfera de épocas remotas.

perro

Lo que pretendo en este post es hablar de mis tres capítulos favoritos. Probablemente no sean los mismos que los de ustedes, sin embargo, explicaré por qué me gustan tanto. Cuelgo los videos en español latino, pues es así como la mayoría de nosotros los recordamos.

Cuando me faltó un cuento

Es el capítulo más extraño, no solo por su tema picaresco sino porque rompe las reglas planteadas en la mayoría de las historias. Nuestro narrador siempre estaba a punto de robar el show en cada episodio, pero en este lo logra  pues es también el protagonista, deja su cómodo lugar de narrador para convertirse en un personaje que probablemente sufra similarmente a Hans el erizo o Juan sin miedo, porque ese es el truco: aunque el protagonista sea quien nos narre la historia, igual tememos que no salga con vida, ya que padece las mismas vicisitudes que sus otros personajes: la pobreza, la transmutación, la posibilidad de una muerte inminente.

Además, es metaficcional, al contarnos el problema de no poder contar un cuento más, nuestro narrador plantea un problema de los escritores modernos: la angustia ante la página en blanco, o ante la mente vacía en este caso. Pero sobre todo, destaca la reflexión final: las historias se transforman con el tiempo a gusto del oyente y de quien las cuenta.

El gigante sin corazón

Este capítulo me deja triste especialmente porque, cuando eres niño o niña, crees fervientemente que siempre triunfa la escala de valores tradicionales (justicia, igualdad, amor, amistad). Sin embargo, todos conocemos ya el final: el príncipe Leo y el gigante no pueden ser amigos. No está en la naturaleza del gigante serlo, y entonces la desolación cunde: la amistad no puede sobrevivir a ciertas diferencias. Y Leo se ve obligado a traicionar a quien quería salvar.

La frase más destacable es también la que dota de musicalidad a la narración: “Muy lejos tan lejos que no hay camino tan alto que no hay escalas hay un monte y en el monte hay un lago y en el lago una isla en la isla una iglesia en la iglesia un pozo en el pozo una pata en la pata un huevo y en el huevo mi corazón”.

El soldado y la muerte

Mi capítulo favorito  de toda la serie es El soldado y la muerte. Si en todos los cuentos los héroes lograban su cometido, salvaban la situación o le daban una lección al malvado, en este el héroe no se enfrenta a un enemigo común y corriente. De hecho el enemigo que enfrenta no es precisamente un enemigo, no es un ser que busque hacer daño con un propósito definido, para sacar ventaja u obtener privilegios. El protagonista, un soldado ruso que regresa de la guerra, se enfrenta a la muerte, pero la muerte no es un enemigo, es la condición de la vida misma. En este cuento no existe enfrentamiento entre bien y mal, entre bondad y maldad. De hecho la personificación del mal es ridiculizada en la figura de los diablos traviesos y malvados, que sin embargo sucumben ante un objeto mágico como el saco.

El verdadero conflicto es superar a la muerte, cortar la fatalidad de la existencia. La muerte, ese ¿ser? ¿entidad? que está más allá del bien y el mal, que no es moral ni inmoral, la última frontera, el último misterio. Intentar cambiar a la muerte es tratar de cambiar la naturaleza del mundo, y como dice el narrador de cuentos: por más que nos sonría la vida, la muerte siempre reirá al último.

La muerte castiga al soldado alejándose de él, limitándolo a un estado de patética inmortalidad. Es el cuento más triste porque nuestro protagonista, el buen soldado, un hombre sencillo que solo quería el bien para sus seres queridos, termina pagando el precio de su desafío. Esta sencillez es la representación de nuestra insignificancia, es la impronta de la condición humana que intenta dominar el gran misterio del universo.

 

Regina Limo

Nerd feminista y lesbiana. Escribo cuentos y teatro. Leo como descosida y colecciono juguetes. También puedes leerme aquí http://www.nexosrevista.com/search/label/Reina%20Decapitada Hueveo en Twitter como @reinadecapitada